Con una creatividad infinita, el Señor me ha traído de lejos y, a través de un camino lleno de fases, me ha conducido hasta mi hogar definitivo: el de las Misioneras.
Nací en Essen, en Alemania. Estoy agradecida a mis padres, cuyo camino fue para mí el primer testimonio de fe. Criados en Polonia, emigraron después a Alemania, a un contexto distinto y en ciertos aspectos más difícil, y se esforzaron por encontrar lugares donde poder vivir su fe. Dos de ellos fueron especialmente importantes para mí.
El primero es Carlsberg, donde estuvimos en el movimiento Luz y Vida, que pone un fuerte acento en la belleza de la liturgia y en la meditación y el compartir la Palabra de Dios. Pude experimentar estos aspectos en los hermosos Triduos pascuales vividos junto a consagrados y otras familias, pero también en la costumbre de leer el Evangelio del día cada mañana antes de ir al colegio.
El segundo lugar es Wisełka y, más concretamente, el Instituto de la Sagrada Familia, una preciosa casa de retiros para familias junto al mar Báltico. Entre excursiones aventureras por los bosques y los lagos, la misa diaria y la adoración, participé de una vida cristiana muy rica.
Estos momentos de intensa compañía despertaron en mí el deseo de formar algún día una familia santa, numerosa y generosa.
Esa compañía no estaba en mi vida cotidiana, y mis compañeros de clase no tenían fe. Era mi familia quien custodiaba mi relación con Dios, a través de la oración unitaria y de los sacramentos. Ante la desesperación de un compañero, comprendí que el Señor me llamaba a dar testimonio de la esperanza que yo había encontrado.
Día tras día, salí de mí misma y empecé a entregarme.
A los 20 años, impulsada por la alegría misionera, participé en una iniciativa de evangelización en un festival de música en Polonia. Tímidamente seguía a mis amigos polacos y su certeza de que Jesús podía interesar realmente a todos. Tras aquellos días, continuó en mí un diálogo intenso e íntimo con el Señor, hasta que empezó a asomar la idea de que Él me llamaba a algo distinto de lo que siempre había imaginado. Sin embargo, esta nueva perspectiva me inquietaba. ¡Tenía demasiado vértigo!
Esa resistencia desapareció gracias al encuentro con el movimiento Comunión y Liberación en Friburgo, donde estudiaba odontología, y con los sacerdotes de la Fraternidad San Carlos. A través de este encuentro, mi vida comenzó a florecer. Las novedades fueron las siguientes: una amistad cotidiana centrada en la búsqueda del Destino; el seguimiento, tan bello y natural, de una guía autorizada; un modo de vivir la fe desde la experiencia y la aventura de juzgarlo todo. Día tras día, estas novedades me fueron modelando y yo, que partía de una mentalidad todavía algo individualista, fui saliendo de mí misma. Empecé a entregarme en la caridad, a cantar en misa, a abrir mi casa a los demás.
En este camino, la llamada del Señor encontró en mí un espacio nuevo. Me observaba en acción y descubría inscrito en mi corazón el deseo de una entrega total y exclusiva a Cristo. No me resultó fácil reconocerlo con sinceridad ante mí misma, hasta que, junto a otros jóvenes de CL que acababan la universidad y don Gianluca Carlin, reflexionamos sobre cómo servir a la Iglesia en esta nueva etapa de nuestra vida. En esta perspectiva de servir al Reino de los cielos, estalló definitivamente en mí la alegría de poder entregarlo todo. Asombrada por todo este cambio, ya no podía contener la fascinación por la Fraternidad y la pasión por el mundo que había visto en ellos, lo que para mí significó ir a Italia y entrar en las Misioneras de San Carlos Borromeo.