El Jubileo es un año de gracia especial. Mientras acompañaba a un grupo de jóvenes de Grenoble a Roma a finales de julio, me preguntaba: «Sabemos con certeza que se nos concede esta gracia jubilar, pero, ¿se puede tocar? ¿Se puede ver? ¿Cómo la reconoceré?».
Sí, es posible. Se puede tocar la gracia en la objetividad de la vida de la Iglesia que, como una madre, abre sus Puertas Santas. Ocurrió cuando todos los jóvenes franceses −unos 21 000− atravesaron la Puerta Santa de San Juan de Letrán. Fue conmovedor verlos rezar las letanías de los santos, cantar los salmos, recitar el Credo y las oraciones por las intenciones del Santo Padre.
Se puede tocar la gracia en los sacramentos. ¡qué impresión ver el Circo Máximo transformado en un gran confesionario al aire libre, donde decenas de sacerdotes confesaban a jóvenes, en todos los idiomas, durante un día entero!
Se puede tocar la gracia en la objetividad de la vida de la Iglesia que, como una madre, abre sus Puertas Santas.
Se puede tocar la gracia a través de los santos. ¡Roma nunca ha estado tan bonita como en estos días! En cada esquina había iglesias abiertas y la posibilidad de encontrarse con muchos santos: el cuerpo de Piergiorgio Frassati, venerado a la espera de su canonización; la habitación de Santa Madre Teresa, custodiada por sus hermanas en la casa del Celio; las reliquias de Santa Teresita, conservadas en la iglesia de Trinità dei Monti; hasta los mártires del siglo XX, a los que está dedicada la iglesia de San Bartolomé en la Isla Tiberina. Incluso entrando «por error» o para encontrar un poco de sombra en una iglesia, era posible encontrarse con un santo amigo.
También se puede tocar la gracia en la belleza de la comunión fraterna, tomando juntos un buen helado. Se puede tocar la gracia que entra en los corazones de un millón de jóvenes en silencio durante media hora de adoración eucarística, arrodillados sobre los verdes prados de Tor Vergata, junto al papa León XIV. Un artículo de los días siguientes decía: «El espíritu de nuestro tiempo −que es el del scrolling obsesivo y aburrido por las pantallas— parecía haber hecho imposible ese largo tiempo de atención, inmovilidad y silencio que acompañaba a la adoración eucarística. Sin embargo, sucedió. Era como si toda la enorme explanada contuviera la respiración, mirando con emoción al Santísimo que reverdecía de luz desde su relicario de oro sobre el altar».
Se nos invita a abrirnos a la gracia, cuando el Papa dice a todos esos jóvenes que hay que escuchar la sed que arde en ellos: «Hagamos de ella un taburete sobre el que subirnos para asomarnos, como niños, de puntillas, a la ventana del encuentro con Dios. Nos encontraremos ante Él, que nos espera, es más, que llama suavemente al cristal de nuestra alma. Y es bonito, incluso a los veinte años, abrirle el corazón, permitirle entrar, para luego aventurarnos con Él hacia los espacios eternos del infinito». Esta gracia tocó el alma de Youri, un chico como tantos otros. Es fuerte, entrena en el gimnasio y fue bautizado este año en Pascua. De regreso a Grenoble, nos dijo: «Esta ha sido la semana más intensa y enriquecedora de mi vida».