Seréis llevados ante reyes y gobernadores para dar testimonio. No os preocupéis por lo que tendréis que decir, el Espíritu Santo hablará por vosotros (cf. Mc 13,11). La esencia del cristianismo es el encuentro con Cristo, que da un vuelco a la vida y la hace cien veces más rica de sentido, de color, de sabor. Toda la realidad adquiere una profundidad de sentido de otro modo inimaginable, impregnada de la fragancia de lo eterno que traspasa los límites del tiempo y del espacio.
Quien es alcanzado por este hecho, que es humano y divino, está al mismo tiempo investido de una tarea y de una responsabilidad: testimoniar ante el mundo que este encuentro es para todos e introduce un nuevo criterio para juzgar la realidad. Cada uno, según modalidades y formas que no decide, está llamado a ser profeta, tal y como lo anuncia la Biblia: vuestros hijos e hijas llegarán a ser profetas.
Un profeta, en el Antiguo Testamento, era un hombre elegido para ser la voz de Dios ante su pueblo. Tenía la tarea de volver a llamar a su pueblo a su relación con Dios y a respetar la alianza que Él había establecido con él. Era un hombre entre otros, al que Dios preservó para que fuera el portavoz de sus sentimientos ante el pueblo, para que compartiera sus preocupaciones y se hiciera eco de su amor. Cada uno de ellos tenía su propia historia y temperamento, entre los más variopintos, lo que demuestra que Dios llama a quien quiere, sin preocuparse de méritos o preferencias de carácter o condición social.
El profeta podía ser un humilde pastor como Amós, un joven ambicioso como Eliseo, o un solitario excéntrico como Juan el Bautista… pero quizá nadie tuvo una personalidad tan fuerte y compleja como Elías. Rencoroso e iracundo, fiel pero a veces perezoso: en él coexistían diferentes facetas de una humanidad única y polifacética. Su historia, contada con gran sabiduría narrativa en la Biblia, cautiva al lector. Como cuando él solo desafía a cuatrocientos profetas paganos, se burla de ellos, los provoca y los mata, después de que la falsedad de ellos y de sus dioses haya sido revelada a todos.
Sin embargo, es en la revelación que Dios le hace suyo, no en una poderosa señal, sino a través de una suave brisa, donde Elías encuentra el origen y el sentido profundo de su testimonio. Es en esta revelación personal de Dios donde Elías descubre la respuesta a su propia inquietud.
A todos se nos pide que estemos dispuestos a dar testimonio público de nuestra fe
También fue profeta Franz Jägerstätter, un campesino austriaco, beatificado en 2007 por Benedicto XVI, que se había negado a luchar por la causa de Hitler y el Tercer Reich.
Siendo joven fue impetuoso y rebelde, amante de las peleas y de las mujeres, Franz cambió de vida cuando conoció a Franziska, algo más joven que él. De su matrimonio nacen tres niñas. Es la vida de fe reencontrada, la gratitud por saberse perdonado y abrazado, la pertenencia cierta a la Iglesia y a su magisterio lo que hace que este hombre de origen humilde sea capaz de juzgar la incompatibilidad entre la vida cristiana y la adhesión al nazismo.
La relación con su mujer y la certeza de ser amado y apoyado incondicionalmente por ella le hacen estar firme y decidido hasta el sacrificio del martirio. No obstante, la razón y el fundamento de su voluntad para dar el testimonio más radical es, sobre todo, su profundo deseo -evidente en sus cartas- de conformarse a Cristo.
Todo cristiano está llamado a esta vocación profética, aunque cada uno de modo distinto y en condiciones diferentes, respetando la historia de cada uno. A todos se nos pide que estemos dispuestos a dar testimonio público de nuestra fe, y no podemos eludirlo ni siquiera cuando ello conlleva el mayor sacrificio. Con la conciencia de que la entrega sólo tiene sentido como respuesta a un amor que nos precede y con la certeza de que el sujeto último de este testimonio no somos nosotros, sino el Espíritu que Cristo da a quienes le siguen.
Esto nos libera de cualquier temor que provenga de nuestra debilidad, de nuestra insuficiencia. Para hacerlo con las palabras de Franz: «Lo que queremos ver son cristianos capaces de resistir, en medio de esta oscuridad, con una claridad, una compostura y una seguridad superiores, que se opongan con la paz y la serenidad más puras a la ausencia de paz y de alegría, al egoísmo y al odio; que no sean juncos que se doblan hacia un lado y hacia otro al menor viento, que no se limiten a mirar lo que hacen los demás o los amigos, sino que se pregunten: ‘¿Qué enseña nuestra fe?’».