«Más abajo, donde estoy yo»

Dios nos invita a salir de nosotros mismos para entrar en Él. Un testimonio desde Minnesota.

20260403 St Paul Via Crucis
Vía Crucis de la comunidad de Comunión y Liberación frente a la catedral de Saint Paul, Minnesota.

Después de tres años de vida en el seminario, los seminaristas de la Fraternidad Sacerdotal San Carlos pasamos un año en el extranjero para vivir una experiencia de misión y descubrir qué significa formar parte de una casa de la Fraternidad. Cuando subí al avión rumbo a Minnesota, no tenía muy claro qué realidad me iba a encontrar. Lo único que llevaba conmigo eran mis experiencias anteriores en Kenia y en la parroquia de Santa Giulia, en Turín. Conocía mis cualidades y también mis limitaciones: un gran entusiasmo por estar con los niños y una experiencia más difícil en la caritativa de bachilleres acompañando a ancianos. Sin embargo, lo primero que volví a descubrir al llegar a Estados Unidos fue que el Señor no nos llama para demostrarnos lo buenos que somos en algo. Nos implica en su obra y nos pide colaborar en la construcción de su Iglesia para transformarnos y convertirnos a Él. En segundo lugar, aprendí que nuestro «sí» no sirve para poner en valor nuestras capacidades, sino para que Dios abra nuestro corazón al Misterio en cualquier circunstancia que nos toque vivir.

Por eso, aunque aquí hay un colegio ligado a la parroquia de 180 niños, una de las comunidades de Comunión y Liberación más grandes y vivas de Estados Unidos, numerosos grupos de jóvenes de todas las edades y muchas familias con muchos hijos, me gustaría hablar de otra cosa: de las visitas que cada jueves por la mañana hacemos don Pietro Rossotti y yo a los ancianos de nuestra parroquia de North Saint Paul.

Llevar la comunión a sus casas o a las residencias supone para mí un cambio profundo de perspectiva. Como acompaño a un sacerdote, no soy yo quien les administra la Eucaristía. Además, llevo aquí pocos meses, así que apenas conozco a las familias ni la historia que las une a nuestra misión. Y, para completar el cuadro, ellos hablan con una facilidad que no siempre consigo seguir.

Porque Dios nos atrae fuera de nosotros mismos para enseñarnos a vivir como Él.

Y, sin embargo, precisamente esa suma de circunstancias es lo que hace que esta experiencia sea tan misteriosa y profunda. La rapidez y sencillez de nuestros encuentros, la pobreza de nuestras conversaciones, me recuerdan que quienes son esperados no somos nosotros: ni nuestra simpatía, ni nuestra inteligencia, ni nuestra paciencia. Lo que esperan es a Cristo, presente en la Eucaristía y también en la fragilidad de nuestra presencia. Pero, sobre todo, agacharme para dar de comer a algunos ancianos, sentir su respiración sobre mis dedos o percibir el olor de sus casas me recuerda que es Jesús quien me dice: «Más abajo, Gianpaolo. Más abajo, donde estoy yo. La libertad está en otro lugar».

Porque Dios nos atrae fuera de nosotros mismos para enseñarnos a vivir como Él, precisamente dentro de esas circunstancias imperfectas donde, paradójicamente, es más fácil entrever el Misterio. Y en este proceso de convertirme en alguien distinto de la imagen que tengo de mí mismo, en este ir hacia lugares que no conozco, descubro una belleza inmensa: la belleza de parecerme un poco más a Él, de vivir con mayor pobreza de espíritu, de mirar la realidad como Él contemplaba los lirios del campo.

Contenido relacionado

Ver todo
  • Testimonios

La fuente de la amistad

La experiencia de unidad entre hermanos que viven alejados unos de otros, al igual que les ocurrió a los discípulos enviados por Cristo, surge en su reencuentro en torno al Maestro. Un relato del retiro de sacerdotes en formación.

  • Filippo Pellini
Leer