Hace unos meses estaba dando clase en un colegio de las afueras de Bogotá. «¿Qué prefieres, un perro o un amigo?». Al terminar la hora, le hice esta pregunta a un chico que sostenía que lo mejor era no fiarse de nadie. Yo pensaba que era una pregunta retórica. El chico me respondió: «Prefiero un perro, obviamente». Hice la misma pregunta al resto de la clase. Y después se la repetí a las demás clases durante las horas siguientes. Muy pocos respondieron: «Un amigo». Me quedé de piedra.
El movimiento de Comunión y Liberación siempre me ha fascinado por la educación en el sentido de la amistad. Para nosotros, los hijos de don Giussani, la amistad siempre ha sido un elemento sagrado de nuestra vida. Hemos aprendido a vivirla como signo de la fuerza que nos une al Señor y hace eterno nuestro vínculo. Algo capaz de sostenerse frente a cualquier fragilidad humana. Algo que va más allá de todo. Algo que es para siempre. Y estos chicos se estaban perdiendo todo esto.
Nuestra tarea es cuidar las amistades que Él hace surgir.
Durante los días siguientes seguía resonando la pregunta: «¿Por qué no se desea la amistad? ¿Cuál es el motivo?». Sin embargo, ningún análisis sociológico conseguía responder de verdad a esta provocación. Buscaba una respuesta más profunda. Entonces, en los días siguientes, me di cuenta de que esta resistencia a la amistad no era algo exclusivo de mis alumnos. También estaba presente, aunque de manera menos explícita, en mí y en las personas de la comunidad. Hay momentos en los que aparece la tentación de apartarse de la relación con los demás, cuando la propia idea o el propio pensamiento se vuelven más importantes que acoger al hermano en el corazón. Y, parafraseando la pregunta que había hecho a mis alumnos, empecé a preguntarme: «En esta circunstancia concreta, ¿qué prefiero: mi idea o un amigo, un hermano?». Descubrí hasta qué punto es profunda en todos nosotros la resistencia a la comunión y a la amistad en Cristo.
Después, el Señor me regaló dos experiencias en las que encontré la paz que buscaba, porque me mostró hasta qué punto su mano es más fuerte que nuestra rebeldía. Una de ellas fue el Miércoles de ceniza. ¡Todo el mundo debería ver qué bello es el Miércoles de ceniza en Bogotá! Un pueblo que recorre las calles con la cruz de ceniza sobre la frente. Las iglesias se llenan. Los sacerdotes confesamos desde la mañana hasta la noche. Pero lo más bonito es encontrarse en el confesionario con personas que llevan años sin confesarse. Recuerdo algunas de sus frases: «Padre, hoy me confieso porque he sentido dentro de mí que el Señor me llamaba a venir aquí». «Estaba pasando por la calle, vi la iglesia y sentí que una fuerza me impulsaba a confesarme».
Para mí fue una caricia del Señor poder ser testigo de su fuerza. Él sigue atrayéndonos hacia sí.
El segundo momento tuvo lugar la semana siguiente. Desde hace años, cada miércoles nos reunimos en casa con un grupo de amigos de la parroquia para organizar las actividades de los niños de los sábados. Desde hacía unas semanas, habíamos empezado a reunirnos también con otros adultos que acompañan al grupo de adolescentes. Ahora hacemos dos cenas al mismo tiempo.
Mientras rezábamos todos juntos, antes de separarnos en las dos mesas, pensaba en lo precioso que es encontrarse juntos con la conciencia de que hemos sido llamados juntos. Rostros de amigos que, tres años atrás, eran desconocidos para mí. Y me preguntaba: «¿Cómo hemos llegado a ser tan amigos?». Intuía que son cosas Suyas, que es Él quien decide y quien las hace posibles. Nuestra tarea es cuidar las amistades que Él hace surgir, para que sigan estando más allá de todo. Esto, en el fondo, es lo que nos fascina. Y quién sabe, quizá algún día también quede fascinado aquel alumno mío que prefería un perro a un amigo.