Hace poco más de dos años, cuando me mudé de España a Minnesota, comencé a proponer la Fellowship of the Keys a mis alumnos y a otros jóvenes de la parroquia. Se trata de nuestro grupo de secundaria. Como siempre, se necesita tiempo para comprender en dónde ha acabado uno, quiénes son las personas que tiene delante, cómo organizar el trabajo en un lugar nuevo… Pero poco a poco, las cosas comienzan a encajar. Decidimos hacer una propuesta dividida en tres semanas: durante la primera, planteamos una asamblea sencilla y breve, en la que los chicos puedan comentar cómo les ha sorprendido Jesús en los días previos al encuentro. En la segunda, leemos la vida o las palabras de un santo. En la tercera semana, leemos y comentamos fragmentos de algún libro que nos haya gustado (este año leemos El principito). Por supuesto, todo ello siempre se introduce y concluye con una oración conjunta, e incluye un espacio para jugar y cantar.
Aunque la estructura funciona bien, y me conmueve la dedicación y generosidad de los otros adultos que colaboran con nosotros, a veces me pregunto si lo que estamos haciendo realmente sirve para educar a los chicos en la fe.
«Esta es una parte del cuerpo de Cristo presente en mi vida».
Algunos episodios recientes me están confirmando en este camino. El primero se remonta a las últimas vacaciones de verano, las primeras organizadas en Minnesota junto con los Cavalieri. Los grupos procedían de tres ciudades diferentes. Durante la asamblea final, un chico comentó: «Pasé gran parte del último juego escondido debajo de una canoa. Nadie me veía, no podían pillarme. ¡Pero no podía ganar! Y entendí que, cuando estamos juntos, pasa lo mismo: si me mantengo a salvo con mis amigos de siempre y no corro riesgos, estoy cómodo; pero si quiero comprender realmente para qué sirve lo que hacemos en la Fellowship, tengo que arriesgar y seguir, incluso con los que no conozco bien. Así se gana el partido de la vida».
El segundo hecho también es de las vacaciones de verano: «Me encanta que podamos celebrar la misa todos los días», cuenta un chico. «Cuando voy los domingos con mi familia, nunca tengo ganas. Pero aquí entiendo que la misa es quizás la parte más importante del día. Sin este momento, incluso las cosas buenas desaparecen, mientras que a través de la misa se vuelven de Jesús. Y, por lo tanto, son para siempre».
El tercer hecho es del mes pasado, cuando, al leer el primer capítulo de El principito (el de la boa vista desde dentro o desde fuera), surgió este comentario: «¡Lo mismo ocurre en nuestra compañía! Si uno está distraído o es superficial, solo ve a un grupo de chicos que juegan o cantan. Pero si caemos realmente en la cuenta de lo que hay aquí, podemos decir que esto es una parte del cuerpo de Cristo presente en mi vida».
Último comentario: «La Fellowship es un lugar especial. Vienen mucha gente de mi colegio con la que normalmente no solo no tengo relación, sino que ni siquiera quiero tenerla. Sin embargo, aquí me parece que somos una sola cosa. Solo el Señor puede hacer posible esta unidad».
Estos hechos me parecen una respuesta más que adecuada a las preguntas que me planteo sobre el significado y la eficacia del método que seguimos. También para los adultos que se involucran con nosotros como voluntarios, la Fellowship es un lugar de gran belleza. Lo que ocurre con los chicos alimenta nuestra amistad y nuestra fe. Es bonito crecer con ellos.