En septiembre celebraste 50 años de sacerdocio. ¿Cómo empezó todo?
Vengo de una familia muy cristiana, mi madre era ama de casa, mi padre empresario y somos seis hermanos. Después de conocer Gioventù Studentesca en Gallarate, durante las vacaciones de los que pasábamos a la universidad de 1966 sucedió algo decisivo. Don Luigi Giussani vino a hablarnos y trastocó mi vida por completo. Si, por naturaleza, yo estaba destinado a ocupar el puesto de mi padre en la empresa familiar, Giussani me propuso una mirada nueva sobre la vida y me llevó a preguntarme dónde quería el Señor que fuera. Aquella mirada preciosa me conquistó. Ahí comencé a pensar en la vocación.
Estudié economía y por entonces buscaba un camino serio para discernir mi vocación. Giussani me presentó a Massimo Camisasca y me incorporé al grupo de discernimiento vocacional que me acompañó hasta mi entrada en el seminario. Cuando le conté a mi madre la decisión que había tomado, se quedó perpleja, pero con el tiempo acogió mi vocación; mi padre, en cambio, se alegró desde el primer momento.
Siendo seminarista partiste por primera vez de «misión».
Sí. Estaba en Bérgamo con Massimo Camisasca y Umberto Fantoni cuando don Giussani me propuso ir a Calabria. Era otro mundo, muy distinto al de Milán y de las luchas estudiantiles. Descubrí una esencialidad humana que no consistía en seguir una ideología.
Yo seguía allí cuando llegó el día de mi ordenación. Estaban don Giussani, Massimo y los amigos del seminario de Bérgamo, don Ciccio Ventorino y las comunidades de Calabria.
Monseñor Enea Selis, el obispo que presidía la celebración, pidió a don Giussani que hablara del sacerdocio, y Giussani comenzó la homilía diciendo: «Por el amor de un padre y de una madre y por la caridad de un obispo, hoy Sandro se convierte en sacerdote». Era el 26 de septiembre de 1976. ¡Fue una gran fiesta!
En Calabria iba creciendo la experiencia del Movimiento, al igual que la amistad con don Tommaso Latronico (murió en 1993, a los 44 años; actualmente está en curso su causa de beatificación). Iba floreciendo el deseo de una compañía a la que se fueron sumando otros sacerdotes.
En 1985 nace la Fraternidad Sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo.
Yo estaba especialmente unido a dos sacerdotes que se encontraban entre los primeros miembros de la Fraternidad, don Fiorenzo y don Dario, que ya vivía conmigo. Don Massimo nos preguntó si estábamos dispuestos a abrir una casa de la Fraternidad en Calabria y si yo quería formar parte de ella. Para mí, la Fraternidad es fruto de lo que viví con Massimo y Umberto en el seminario de Bérgamo. Una experiencia de unidad, de vida en común, que se hizo carne en mi vida cuando entré en la Fraternidad, en 1992. Pocos años después fui a Roma para ser el ecónomo general.
¿Has recorrido el mundo?
¡Sí! Para sostener las misiones. Sin grandes recursos económicos, conseguimos llevar adelante muchas obras gracias a donaciones que llegaron incluso milagrosamente.
Por ejemplo, en Nairobi. Una mañana estaba a punto de ir a ver a don Massimo para decirle que no teníamos dinero y que no podíamos seguir construyendo la casa de la misión, cuando me avisaron de que había una llamada de Romaña. Llamaban para donar la cantidad exacta que necesitábamos para realizar las obras. Así que, como ecónomo, tuve que aprender a vérmelas con los números… ¡y con la Providencia! Esto ha pasado varias veces.
Pero también cuando me quedé en Roma, como párroco de Sant’Eusebio, descubrí el mundo que entra en tu propia casa: musulmanes, chinos… Eran mis feligreses, no extraños, aunque no pusieran un pie en la iglesia.
¿En Imola se ha abierto un capítulo nuevo?
Llevo cuatro años en Imola. Al acercarme a los 75 años nació en mí el deseo, compartido con nuestros superiores, de seguir activo y, a pesar de haber alcanzado la edad de jubilación, continuar viviendo con otros sacerdotes mayores de 75 años. Empezamos una nueva casa.
Ahora, junto con don Valerio Valeri, que después de 36 años en Kenia desea continuar aquí, y don Fiorenzo Onofrio, estamos a disposición del obispo en la diócesis para ayudar o sustituir a otros sacerdotes y para servir la vida de la comunidad viva de CL.
Cada vez me doy más cuenta de que un pueblo cristiano siempre necesita un sacerdote y de que un sacerdote necesita un pueblo.
En estos 50 años has vivido distintas dimensiones del sacerdocio.
Después de 50 años de sacerdocio, veo que cada vez tengo más amor a la Iglesia y más gratitud porque el Señor me ha llamado a una tarea tan cercana a Él. Gratitud por todo lo que se me ha dado, por lo que he podido experimentar y por el don de la pertenencia al Movimiento.